Actividad - Un siglo de guerras

 

El historiador Eric Hobsbawm realiza un balance del siglo XX, poniendo en balance los costos humanos de un siglo de guerras.

 Queda por hacer la evaluación del impacto de las guerras en la humanidad y sus costos en vidas. El enorme número de bajas, al que ya se ha hecho referencia, constituye tan sólo una parte de esos costos. Curiosamente el número de bajas, mucho más reducido, de la primera guerra mundial tuvo un impacto más fuerte que las pérdidas enormes en vidas humanas de la segunda, como lo atestigua la proliferación mucho mayor de monumentos a los caídos de la primera guerra mundial. Tras la segunda guerra mundial no se erigieron equivalentes a los monumentos al «soldado desconocido», y gradualmente la celebración del «día del armisticio» (el aniversario del 11 de noviembre de 1918) perdió la solemnidad que había alcanzado en el período de entreguerras. Posiblemente, los 10 millones de muertos de la primera guerra mundial impresionaron mucho más brutalmente a quienes nunca habían pensado en soportar ese sacrificio que 54 millones de muertos a quienes ya habían experimentado en una ocasión la masacre de la guerra. Indudablemente, tanto el carácter total de la guerra como la determinación de ambos bandos de proseguir la lucha hasta el final sin importar el precio dejaron su impronta. Sin ella es difícil explicar la creciente brutalidad e inhumanidad del siglo XX. Las guerras totales se convirtieron en «guerras del pueblo», tanto porque la población y la vida civil pasó a ser el blanco lógico —a veces el blanco principal— de la estrategia como porque en las guerras democráticas, como en la política democrática, se demoniza naturalmente al adversario para hacer de él un ser odioso, o al menos despreciable. (…) Otra de las razones era la nueva impersonalidad de la guerra, que convertía la muerte y la mutilación en la consecuencia remota de apretar un botón o levantar una palanca. La tecnología hacía invisibles a sus víctimas, lo cual era imposible cuando las bayonetas reventaban las vísceras de los soldados o cuando éstos debían ser encarados en el punto de mira de las armas de fuego. Frente a las ametralladoras instaladas de forma permanente en el frente occidental no había hombres sino estadísticas, y ni siquiera estadísticas reales sino hipotéticas(...) Lo que había en tierra bajo los aviones bombarderos no eran personas a punto de ser quemadas y destrozadas, sino simples blancos. Jóvenes pacíficos que sin duda nunca se habrían creído capaces de hundir una bayoneta en el vientre de una muchacha embarazada tenían menos problemas para lanzar bombas de gran poder explosivo sobre Londres o Berlín, o bombas nucleares en Nagasaki. Y los diligentes burócratas alemanes que habrían considerado repugnante conducir personalmente a los mataderos a los famélicos judíos se sentían menos involucrados personalmente cuando lo que hacían era organizar los horarios de los trenes de la muerte que partían hacia los campos de exterminio polacos. Las mayores crueldades de nuestro siglo han sido las crueldades impersonales de la decisión remota (…)

 Eric HOBSBAWM (1991) Historia del Siglo XX, Buenos Aires


 

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